Liceo del Maule no envió notas de alumnos de cuarto medio y dejó a una generación fuera del sistema

Hoy, estos jóvenes del Maule miran con angustia cómo el calendario avanza y los plazos se cierran. Mañana podría ser cualquier otro liceo, en cualquier otra región; porque cuando la educación no es prioridad real, los errores no son excepciones: son parte del modelo.

Lo ocurrido en el Liceo San Clemente Entre Ríos, en la Región del Maule, no es solo un error administrativo, es la expresión brutal y descarnada de cómo la educación pública en Chile sigue siendo tratada como un trámite secundario, prescindible, sin consecuencias para quienes fallan desde el escritorio, pero con efectos devastadores para quienes ponen el cuerpo: los estudiantes.

Por una “omisión” tan básica como no enviar a tiempo las notas de cuarto medio, más de un centenar de jóvenes quedaron fuera del proceso regular de postulación a la educación superior, pese a haber rendido la PAES 2025. Sin NEM ni ranking cargados en el sistema, simplemente desaparecieron del mapa, como si 12 años de esfuerzo escolar no valieran nada.

Mientras en discursos oficiales se repite hasta el cansancio que “la educación es prioridad”, en la práctica, basta un correo no enviado, un clic que no se hizo, una fecha que se pasó, para hipotecar el futuro académico de una generación completa y no pasa nada; nadie asume responsabilidades políticas, administrativas ni éticas de inmediato; nadie renuncia; nadie da explicaciones convincentes.

Lo más indignante es la liviandad con que se ha intentado manejar la crisis. A los estudiantes se les habló primero de “esperar”, de “buscar alternativas”, incluso de perder el año como si se tratara de un detalle menor, como si el tiempo, la vocación y los sueños fueran recursos infinitos para quienes viven lejos de los privilegios del sistema.

Este escándalo vuelve a dejar en evidencia una verdad incómoda: en Chile la educación pública importa poco, y cuando falla, los costos nunca los pagan las autoridades ni los sostenedores, sino los alumnos y sus familias. El Estado reacciona tarde, improvisa soluciones de último minuto y confía en que la indignación se diluya con el paso de los días, como es tradicional en Chile.

No estamos frente a un “error puntual”, estamos frente a un síntoma, un sistema educativo que funciona con mínimos, sin controles eficaces, sin fiscalización oportuna y con una preocupante naturalización de la negligencia; un país donde se habla de meritocracia, pero se castiga al estudiante por errores ajenos.

Hoy, estos jóvenes del Maule miran con angustia cómo el calendario avanza y los plazos se cierran. Mañana podría ser cualquier otro liceo, en cualquier otra región; porque cuando la educación no es prioridad real, los errores no son excepciones: son parte del modelo.

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