El sesgo de los medios chilenos y la narrativa impuesta

En Chile, los medios de comunicación han asumido un rol que, lejos de informar, parece destinado a moldear la percepción pública según intereses que no siempre representan la pluralidad ni la verdad.

La prensa, en su afán por instalar narrativas preconcebidas, no solo selecciona qué historias contar, sino también decide quiénes son los héroes y quiénes los villanos, privándonos de una visión completa de los hechos.

Este sesgo, cada vez más evidente, nos lleva a cuestionar: ¿hasta qué punto somos libres de formar nuestras propias opiniones?

Un ejemplo claro es la cobertura de conflictos internacionales, como la guerra entre Rusia y la OTAN en territorio ucraniano. Los medios chilenos, alineados con una narrativa global dominada por EE.UU., presentan de manera casi unánime la perspectiva de Ucrania, Estados Unidos y la OTAN. La voz de Rusia, en cambio, es sistemáticamente silenciada o, en el mejor de los casos, filtrada a través de interpretaciones de terceros, generalmente sesgadas.

¿Dónde está la otra cara de la moneda? ¿Por qué no se nos permite escuchar directamente la postura de Rusia, con sus matices y argumentos, para que cada ciudadano pueda evaluar por sí mismo?

Es dramático que, en un intento reciente por romper este monopolio informativo, el canal de televisión RT -con un enfoque profesional en ofrecer noticias plurales y perspectivas alternativas- haya intentado desembarcar en la televisión abierta chilena a través de Telecanal en junio de 2025. Su destino: una inmediata ola de controversia, con investigaciones del Consejo Nacional de Televisión (CNTV), denuncias ciudadanas y llamados a su bloqueo por supuesta «propaganda».

Aunque no ha sido formalmente censurado aún, este caso ilustra cómo cualquier voz disidente o que se aparte de la narrativa de Estados Unidos es recibida con hostilidad, confirmando el rechazo visceral a la diversidad que cuestiona la narrativa establecida.

Este fenómeno no se limita a un solo conflicto. Países como Corea del Norte, Venezuela o Cuba son presentados invariablemente con una connotación negativa, como si fueran intrínsecamente «malos». Sus líderes, sus políticas y sus contextos son reducidos a caricaturas, mientras que las versiones de sus gobiernos o ciudadanos rara vez llegan a nuestras pantallas o titulares. En contraposición, las posturas de Estados Unidos y sus aliados son elevadas como la verdad absoluta, sin espacio para el cuestionamiento. ¿No es esto, acaso, una manipulación deliberada de la información?

Este sesgo no solo distorsiona nuestra comprensión del mundo, sino también nos polariza.

Los medios no solo nos dicen qué pensar, sino que nos imponen enemigos y líderes a seguir, creando una dicotomía artificial entre «buenos» y «malos».

Esta práctica no es nueva, pero su impacto en una sociedad que depende de los medios para informarse es profundamente preocupante. Nos convierte en repetidores de consignas, en loros de las élites que controlan la narrativa, en lugar de ciudadanos críticos capaces de discernir.

Por eso, hacemos un llamado a la reflexión y a la acción. Es legítimo tener opiniones sobre los países o conflictos que dominan los titulares, pero es imprescindible buscar fuentes diversas y responsables. La verdad no reside en un solo medio ni en una sola voz. Invitamos a los chilenos a indagar, a contrastar, a escuchar las versiones que los grandes medios ocultan. Solo así podremos liberarnos de la narrativa impuesta y construir una opinión propia, informada y consciente. Porque en un mundo donde la información es poder, la diversidad de perspectivas es nuestra mayor defensa contra la manipulación.

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