Diputado Javier Olivares se disfraza de Pinochet para recorrer su distrito

En lugar de propuestas legislativas, la clase política entrega espectáculos que revelan una profunda crisis de representación

El diputado de extrema derecha, Javier Olivares, del Partido de la Gente, (de Parisi) protagonizó esta semana un episodio que, lejos de ser anecdótico, ilumina con crudeza el estado de degradación de la política chilena: se presentó ante sus electores, y ante los bomberos de su distrito, vistiendo una capa que usuarios identificaron como una evocación deliberada del atuendo que usaba el dictador Augusto Pinochet.

La jornada, que Olivares difundió él mismo en Instagram con la frase «ni las primeras lluvias del año ni el frío nos detuvieron», ocurrió en las provincias de Marga Marga y Quillota, en la Región de Valparaíso.

En teoría, el propósito era escuchar las inquietudes de los vecinos. En la práctica, la atención pública y la del propio parlamentario, terminó concentrada en la indumentaria, no en los problemas de la ciudadanía.

Un representante electo que convierte su visita al territorio en una puesta en escena estética está diciéndole algo muy preciso a sus electores, que la imagen importa más que el mandato. No se trata de un caso aislado. El episodio de Olivares es el síntoma más reciente de una clase política que ha sustituido el debate de ideas por la provocación simbólica, la gestión pública por el contenido para redes sociales, y el servicio ciudadano por la construcción de personaje. El político contemporáneo no legisla: postea.

Lo verdaderamente revelador es que la publicación generó exactamente la respuesta que buscaba: polarización instantánea. Mientras unos usuarios tildaron la vestimenta de «ridícula», otros salieron a defender al parlamentario argumentando que «lo importante es que esté en terreno». Ninguno de los dos bandos discutió qué propuestas concretas llevó Olivares a las provincias de Marga Marga y Quillota, ni qué hará con las inquietudes que recogió.

Esa es la trampa de la política decadente. Mientras la ciudadanía debate capas y símbolos, las listas de espera en salud crecen, la reconstrucción post-desastre se demora y el poder legislativo acumula proyectos sin votar. El ruido estético es funcional: ocupa el espacio donde debería haber rendición de cuentas.

Chile merece representantes que compitan por dejar huella en la historia con su trabajo, no con su vestuario que añora al peor dictador que ha tenido el mundo. Mientras eso no ocurra, episodios como el del diputado Olivares seguirán siendo el espejo más fiel de una clase política que ha perdido el norte y que parece no tener prisa por encontrarlo.

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