El gerente, la dueña de casa y mi amigo René en el Chile de la OCDE

Desde hace algunos días circula por internet un cuadro comparativo de la gestión de los dos últimos presidentes de Chile, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera. El esquema no lleva título ni leyenda y pretende cumplir un doble objetivo: primero, ser apreciado como una evaluación objetiva del desempeño de ambos mandatarios, puesto que ofrece una contraposición cuantitativa de 28 indicadores que dan cuenta de los resultados obtenidos por cada uno; y en segundo lugar, dejar en evidencia lo absurdo que resulta el que Bachelet haya registrado un 84 por ciento de apoyo ciudadano según la última encuesta Adimark realizada durante su mandato y Piñera sólo un 34 por ciento (ambas cifras incluidas como corolario al final del cuadro), en circunstancias que de los 28 aspectos cotejados y en tan sólo dos años de Gobierno, Piñera supera a Bachelet en 26.

Entre ellos destacan el índice de desempleo, la variación del sueldo mínimo, la tasa de crecimiento, el volumen de exportaciones, el PIB, el ingreso per cápita, el déficit fiscal, el presupuesto de la nación, el presupuesto destinado a Educación, la disminución de la lista de espera del AUGE, el aumento de las enfermedades cubiertas por el mismo y el incremento del turismo, aspectos todos en los que la gestión del actual Presidente supera con creces a la de su predecesora. Es más, los dos únicos puntos en que Bachelet sale airosa son el índice internacional de competitividad y el tamaño de la deuda pública en relación al PIB, los que parecen insignificantes ante la contundencia de los demás datos.  Más aun, la lista incluye otros tres ítems de apreciación cualitativa del desempeño de ambos (respondidos SI v/s NO), como son la eliminación del 7 por ciento a los jubilados, la promulgación de la ley anti-discriminación y el haber sido invitado a la cumbre del G-20.  Todos, claro está, para Piñera.

¿Cómo se explica entonces que, a pesar de los números y la magnificencia de Don Sebastián, una avasalladora mayoría de los chilenos siga prefiriendo a Doña Michelle?  Tuve que acudir a mi viejo amigo René Descartes para entenderlo.

La agraviante declaración emitida hace poco por el ex-oficial de Ejército, actual alcalde de Providencia y último portaestandarte del totalitarismo en Chile, Sr. Raúl Labbé, en alusión directa a quien será su principal contrincante en las próximas elecciones municipales, la socióloga y dirigente vecinal Josefa Errázuriz, involuntariamente ha puesto de relieve el verdadero valor de dos figuras ancla del paisaje social chileno: el gerente y la dueña de casa.

Al margen del polvo levantado por Labbé –cuyas palabras suenan tan gorilescas que considero prudente no pronunciarme al respecto, sino dejar que sean revisadas por un especialista en la materia, entiéndase un veterinario-, vale la pena rescatar la analogía por él establecida –aunque me cuesta un gran esfuerzo, debo admitir, morderme la lengua y callar todo lo que me provoca esa arrogancia tan patronal, tan sexista y tan clasista que mueve a algunos a hacerse del poder-, ya que de manera totalmente inesperada viene a echar luz sobre cómo se construyó el Chile miembro de la OCDE.  ¿Cómo así?

Una buena dueña de casa no sólo se preocupa de que la casa esté limpia, ordenada, de que haya todo lo necesario, de que los hijos se alimenten bien, que estén sanos y estudien, que no pasen frío, que anden bien vestidos, que no les falte la colación, de hacerles cumplir horarios, de curar sus heridas y atender a las visitas.  Una dueña de casa debe dirigir y coordinar el día a día de una familia a pesar del carácter de cada uno de sus miembros, asumir su natural condición de sostén emocional y hacer que la casa sea, más que el techo que los cobija, un hogar.  Una dueña de casa cumple un rol gerencial en lo financiero y en lo emocional.

Un buen gerente, en cambio, se rige por las leyes del mercado y tiene como principal objetivo el conseguir que una empresa produzca la mayor cantidad de utilidades posible, muchas veces a como dé lugar.  Es su criterio el que prima en todas las decisiones que se toman y cualquiera que lo contravenga se expone a, sencillamente, ser despedido.  Un gerente es rara vez cuestionado por sus subalternos, puesto que éstos le respetan y le temen.  Un gerente actúa como el dueño de la empresa, la mayoría de las veces sin serlo.

Una buena dueña de casa conoce muy bien a cada uno de los suyos, a todos toma en cuenta y, aunque a veces debe tomar decisiones dolorosas para el hogar, es por todos querida pues siempre pone por delante el bienestar de la familia.  Un gerente no necesita nada de eso ya que lo suyo es la eficiencia y en consecuencia le basta con premiar a los más productivos y deshacerse de los menos para optimizar el rendimiento de la empresa.  Un buen gerente siempre pondrá por delante los intereses del dueño y por lo mismo casi nadie lo quiere.  A veces tan sólo su secretaria.  A veces ni siquiera ella.

Y así entendí, querido Descartes, que dos más dos es cinco.  Es muy simple el guarismo: Bachelet gobernó como una dueña de casa, en tanto Piñera lo hace como un gerente.

Por supuesto que a Bachelet la quiero y a Piñera le temo.  Ahora, ¿quién de ambos es más apto para conducir el destino de la nación, poróm, pom, pom?  He ahí el meollo del asunto.  El mero fondo del alcachofismo.

A mí como que me da lo mismo, si hasta ahora y desde hace ya unas cuantas décadas tanto el gerente como la dueña de casa no han hecho más que alimentar esta gran maquinaria de deuda que es la economía global.  Uno explotando recursos y ofreciendo productos, y la otra consumiendo productos y engendrando consumidores.  Los dos empoderados en sus respectivos roles, tal como los últimos dos presidentes.  Ni chicha Bachelet, ni limoná Piñera.  Da hasta para una canción, poróm, pom, pom.

Labbé quisiera ser gerente.  Josefa no es dueña de casa.  Y el que elaboró el cuadrito, bueno, a ése lo conocemos todos: es el patero que siempre le dice que sí al jefe y que se queda callado cuando éste se equivoca.  Ése que se hace el chistosito, intentando caer bien, pero que no logra ocultar su desprecio hacia los demás.  Es el simpatizantecillo del mandamás.  Da cuenta de ello la fila 32 de la lista, ubicada en el último lugar justo antes de aquélla que arroja el “resultado” de la tabla expresado en porcentajes de aprobación.  “Cómo pronuncia tsunami” versa el último punto, como si ese solo error de Piñera fuera la razón a la que la gente se aferra para no preferirlo.

Jo-jo-jo.  A mí no me causa risa ni me revienta; el simpatizantecillo siempre intentará insultar nuestra inteligencia, y nosotros podremos siempre mandarlo a la cresta.  Tal como a los dueños de nada y a las gerentas, un puñado de los cuales vi cacarear el martes en la noche, en calidad de presidenciables, sentados en el mismo estudio y junto al mismo animador de televisión con quien el Profesor Rossa, Charly Badulaque y el Guatón de la fruta se juntan los viernes a mostrar la hilacha.

Welcome, chileans, to the OCDE.

Hoy por hoy, como que al único que le creo es a MEO.  Pero si querís ser presidente de Chile no te podís hacer llamar MEO.  No si querís que te inviten a la cumbre del G-20, al menos.

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