La pedagogía del castigo: Por qué la élite chilena teme tanto a la sala de clases

¿Por qué el ensañamiento con la educación? Porque un sistema educativo robusto es el único ascensor social que la élite no puede controlar por completo.

En Chile, la historia no se repite, pero rima con una crueldad asombrosa. Desde la consolidación de la República en el Siglo XIX, la élite nacional ha comprendido una verdad incómoda: un pueblo que lee, que piensa y que cuestiona, es una amenaza directa para el mantenimiento de sus privilegios.

Hoy, bajo la administración de extrema derecha de José Antonio Kast, esa vieja pulsión oligárquica se disfraza de «ajuste fiscal» y «responsabilidad financiera», pero el fondo sigue siendo el mismo, el disciplinamiento de la clase trabajadora a través de la ignorancia.

El reciente recorte del 3 por ciento al presupuesto del Ministerio de Educación no es un error de cálculo ni una medida de emergencia ante una crisis inexistente. Es un acto político de castigo.

Mientras la élite gobernante mantiene sus sueldos de privilegio y se niega a tocar las grandes fortunas, decide quitarle 524 mil millones de pesos a la formación de las futuras generaciones.

Para dimensionar la magnitud del golpe, estamos hablando de recursos equivalentes a la labor de 36 mil docentes. No es ahorro, es desmantelamiento.

¿Por qué el ensañamiento con la educación? Porque un sistema educativo robusto es el único ascensor social que la élite no puede controlar por completo.

Para quienes ven el país como un fundo, la educación pública debe ser, en el mejor de los casos, una capacitación técnica mínima para formar mano de obra dócil, y en el peor, una guardería precaria que mantenga a los hijos de los pobres fuera de las calles mientras sus padres producen riqueza para la elite.

Sin embargo, lo más doloroso de esta estrategia no es solo el recorte monetario, sino la batalla cultural de desprestigio. Históricamente, en Chile se ha orquestado una campaña para demonizar al profesorado. Se ha logrado, mediante un bombardeo mediático constante, que una parte de la sociedad termine odiando más a un profesor que a un abusador de cuello y corbata o a un violador de Derechos Humanos. Se criminaliza el pensamiento crítico etiquetándolo de «adoctrinamiento», mientras el verdadero adoctrinamiento ocurre en la carencia, en el hambre de recursos y en la precariedad de colegios que se caen a pedazos.

El mensaje del Gobierno es claro, «no hay plata para tus hijos, pero sí hay para nuestra estabilidad». Al recortar la educación, están recortando el futuro. Un pueblo que no conoce su historia, que no comprende los mecanismos de la economía y que no tiene herramientas para el debate, es un pueblo fácil de dominar.

La élite chilena lo sabe desde 1810, y hoy, con la Circular Nº12 en la mano, nos lo vuelven a recordar con una sonrisa de eficiencia técnica.

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