
El problema es que la competencia no siempre es bienvenida por quienes ya están instalados en un mercado, y aquí aparece la pregunta que nadie parece querer formular: ¿qué comerciante que durante años ha podido vender a precios elevados va a estar feliz cuando llega otro que ofrece productos más baratos?
La polémica por la eventual llegada de un “mall chino” a Pucón ha puesto sobre la mesa una discusión que, detrás de los argumentos sobre el “perfil turístico” de la comuna, esconde una pregunta bastante más incómoda: ¿quién se está intentando proteger realmente?
La Cámara de Turismo de Pucón ha planteado la necesidad de contar con una normativa que resguarde la identidad turística de la ciudad ante la eventual llegada de este tipo de comercio. Perfecto, pero hagamos una pregunta que quizás resulte políticamente incorrecta: ¿También se está pensando en proteger el bolsillo de los comerciantes de Pucón?
Porque cuando llega un nuevo actor comercial a una ciudad y ofrece productos a precios más bajos, la primera reacción del consumidor suele ser bastante simple: “¡Qué bueno! Ahora tengo otra opción”. La competencia, para el consumidor, normalmente es una buena noticia; la competencia obliga a bajar precios cuando estos son excesivos; obliga a mejorar la atención, a ofrecer productos de mejor calidad; obliga a innovar, y sobre todo, obliga a competir.
El problema es que la competencia no siempre es bienvenida por quienes ya están instalados en un mercado, y aquí aparece la pregunta que nadie parece querer formular: ¿qué comerciante que durante años ha podido vender a precios elevados va a estar feliz cuando llega otro que ofrece productos más baratos?
La respuesta es obvia: probablemente ninguno, porque si aparece alguien dispuesto a vender más barato, el consumidor puede comenzar a preguntarse por qué antes tenía que pagar más. Y esa pregunta puede ser bastante incómoda.
¿Será que algunos comerciantes están preocupados por la “identidad turística” de Pucón? ¿O será que están preocupados porque un nuevo competidor podría obligarlos a bajar sus precios? ¿Dónde termina la defensa del perfil turístico y dónde comienza la defensa de los intereses económicos de quienes ya tienen negocios establecidos? Esa es la verdadera discusión. Porque una cosa es proteger el patrimonio, la arquitectura, los espacios públicos y las características que hacen de Pucón un destino turístico reconocido. Eso es completamente legítimo.
Otra cosa muy distinta es pretender utilizar el concepto de “perfil turístico” como una especie de escudo para impedir que aparezcan nuevos competidores comerciales; porque, seamos sinceros, un turista no deja de visitar Pucón porque exista una tienda que venda productos baratos y tampoco el vecino de Pucón debería estar obligado a pagar más simplemente porque vive en una ciudad turística.
El habitante de una comuna turística tiene exactamente el mismo derecho que cualquier otro chileno a buscar el mejor precio. Tiene derecho a comparar, tiene derecho a elegir y tiene derecho a comprar donde le dé la gana.
Si un comercio local ofrece un buen servicio, productos de calidad y precios razonables, no debería tenerle miedo a la competencia, de hecho, debería verla como una oportunidad, pero si la llegada de un nuevo competidor genera temor porque puede vender más barato, entonces quizás el problema no sea el competidor; quizás, el problema sea que durante demasiado tiempo algunos consumidores no tuvieron alternativas. Y eso nos lleva a una pregunta todavía más incómoda: ¿queremos una ciudad donde el consumidor tenga que pagar lo que le cobran porque no tiene otra opción, o una ciudad donde los comerciantes tengan que competir para ganarse al consumidor?
La diferencia es enorme. En el primer escenario, el que manda es quien vende, en el segundo, el que manda es quien compra y en una economía de mercado, debería ser el consumidor quien tenga el poder de decidir. ¿No se supone que al chileno le encanta el libre mercado, la competencia?
Pucón no puede convertirse en una ciudad donde se pretenda proteger al comercio establecido de cualquier amenaza competitiva bajo el argumento de cuidar el “perfil turístico”, porque si mañana llega un supermercado más barato, ¿también habrá que impedirlo? Si llega una farmacia con mejores precios, ¿también habrá que frenarla? Si llega una tienda que vende ropa más económica, ¿también será una amenaza para la identidad turística? ¿Dónde ponemos el límite?
La verdadera amenaza para el turismo no es necesariamente que existan comercios con precios accesibles; la verdadera amenaza podría ser que una ciudad turística termine siendo percibida como un lugar donde todo es más caro de lo razonable, porque el turista también compara y cuando un visitante siente que le están cobrando de más simplemente porque está de vacaciones, la experiencia turística puede terminar siendo bastante menos agradable.
Por eso, antes de levantar barreras contra nuevos competidores, quizás sería bueno hacerse una pregunta fundamental: ¿estamos defendiendo a Pucón o estamos defendiendo a quienes ya tienen negocios en Pucón? Porque no son necesariamente la misma cosa. Pucón pertenece a sus habitantes y también pertenece a quienes la visitan, pero, sobre todo, el dinero de sus habitantes y visitantes pertenece a ellos. Son ellos quienes deben decidir dónde comprar y cuánto están dispuestos a pagar.
Si un nuevo comercio llega, cumple la ley, paga sus impuestos y ofrece productos a precios competitivos, quizás la discusión no debería ser cómo impedir su llegada, quizás la pregunta debería ser otra: ¿por qué no somos capaces de competir con él? Esa es la pregunta que realmente incomoda, porque es mucho más fácil pedir que se dicten normas para limitar a un nuevo competidor que preguntarse si los precios actuales son justos, si la atención es buena y si el consumidor está recibiendo realmente el valor que está pagando.
Al final, la competencia tiene una característica que puede resultar desagradable para algunos, pero que beneficia a muchos: obliga a competir y quizás eso sea precisamente lo que algunos no quieren. Entonces, dejemos de disfrazar el debate. Si el problema es urbanístico, discutamos urbanismo. Si el problema es patrimonial, discutamos patrimonio. Si el problema es turístico, discutamos turismo. Pero si el verdadero problema es que llega alguien dispuesto a vender más barato, entonces digámoslo claramente, no se está protegiendo el perfil turístico de Pucón, se está intentando proteger a algunos comerciantes de tener que competir y esa, probablemente, sea la pregunta que nadie quiere responder.