
Por Alejandro Pérez, académico e investigador de educación UNAB.
Sin duda que la violencia en el sistema educativo se ha incrementado. Sin embargo, el problema no obedece a una escuela en particular, ni aún un hecho aislado. Sino más bien a un problema que hemos visto en distintos países del mundo (EE.UU., Finlandia, México, Brasil, Argentina y Chile) ante lo cual, nos debemos preguntar ¿Cómo nos hacemos cargo y abordamos oportunamente la salud mental de nuestros estudiantes y docentes?, en otras palabras cómo generamos un sistema de acompañamiento al interior de las escuelas y sus respectivos conflictos, para prevenir problemas de acoso escolar, enfermedades mentales, pandillas al interior del colegio, bromas pesadas que se han normalizado, hasta la pelea más inofensiva.
La solución no es sólo administrativa, no es sólo de pórticos o torniquetes, detectores de metales, etcétera, que en sí mismo según cada realidad podría mitigar ciertas situaciones, pero de ahí a resolver el problema no es el camino. Las escuelas no pueden priorizar estos gastos donde el beneficio según la evidencia es menor. Por lo anterior, el camino de recorte presupuestario también podría afectar negativamente a la convivencia escolar. Hoy la sociedad tiende a resolver los conflictos de manera más violenta, y lo que ocurre en la sociedad global, se ve reflejado en la escuela. Hemos validado la guerra.
Es necesario mejorar la comunicación al interior de las escuelas, según la “Agencia de Calidad de la Educación” (2024) la percepción de un ambiente organizado en la escuela varía entre docentes y estudiantes, siendo estos último más críticos que los docentes. Otro estudio señala a Chile cómo el país con menor satisfacción con la vida de los estudiantes. (Estudio SSES, OCDE, 2023). Estamos en una situación muy crítica y desafiante.
¿Qué se necesita según los expertos? Las escuelas requieren una mayor inversión en orientadores y psicólogos educacionales que tengan las herramientas para trabajar con estudiantes y formar capacidades en los docentes. Que el clima escolar sea una puerta a una cultura de la convivencia educativa. Por eso es relevante que las escuelas puedan contar con equipos multidisciplinarios, que puedan reportar conductas preocupantes que permitan determinar la existencia o no de riesgo.
También debe existir y exigirse una mayor corresponsabilidad entre las familias y las escuelas en la formación integral de los niños y jóvenes.
La violencia escolar no se resuelve desde un solo frente. Requiere voluntad política, inversión sostenida y compromiso real de toda la comunidad educativa. Los niños que hoy se sienten solos dentro de sus escuelas nos están enviando una señal que no podemos seguir ignorando. Atenderla a tiempo no es solo una responsabilidad pedagógica, es una deuda moral con las generaciones que vienen.