
Hay algo profundamente triste y revelador en que un país entero pase el día buscando con pinzas a un turista que diga “qué rico el completo” o “qué limpio el metro”. No es orgullo. Es anestesia. Porque la vida del chileno promedio es una rutina de sueldos miserables, deudas eternas, pensiones de hambre, jornadas laborales que no terminan nunca, transporte público colapsado, listas de espera eternas en los hospitales y una sensación permanente de que aquí nunca va a mejorar nada. Vivimos cansados, endeudados, estresados y, con la salud mental hecha pebre y la certeza de que nuestros hijos van a vivir posiblemente peor que nosotros.
Entonces llegan los medios (y las cuentas de Instagram y TikTok que viven de esto) y nos tiran el opio perfecto: un video de 30 segundos donde una alemana rubia dice: “wow, qué organizado es todo aquí” o un argentino se come un completo y dice: “esto en Buenos Aires no existe”. Música épica, cámara lenta, lágrima digital y listo: por un instante nos olvidamos de la realidad.
Y estalla el circo en los comentarios: “¡Esto es Chile, mierda!”
“Lloré de orgullo, gracias por reconocerlo”
“Somos el mejor país de Chile”
“Ahora que hablen los envidiosos”
“Pequeño en territorio, gigante en calidad de vida”
Gente que se levanta a las 5:30 am para tomar una micro repleta, que trabaja 45 horas semanales por 550 lucas líquidas, que no puede pagar el dentista ni las medicinas de los viejos, de pronto se pone de pie y canta el himno porque una mochilera holandesa dijo que el Cerro San Cristóbal es “muy bonito”. Y es profundamente chileno, porque nos permite seguir aguantando.
Los medios no buscan esos videos por patriotismo. Los buscan porque saben que somos un pueblo agotado que necesita desesperadamente creer, aunque sea cinco minutos, que vive en un país envidiable. Nos venden la ilusión de que somos Potencia mientras nos cobran 900 pesos por un café malo y nos suben la UF otra vez. Y nosotros compramos, porque es más fácil creer que el mundo nos envidia que aceptar que nos estamos ahogando en mediocridad cotidiana. El completo con mayonesa del tubo no va a pagar tu arriendo. El “wow, qué limpio” de un sueco no va a mejorar tu sueldo ni tu pensión.
Y la bandera chilena en el comentario no te va a devolver la dignidad que te quitan todos los días.
Un día, quizás, dejemos de mendigar aplausos de turistas y empecemos a exigirle a nosotros mismos (y a quienes nos gobiernan) una vida que no necesite que un extranjero nos diga que “está todo bien” para sentir que vale la pena vivirla. Hasta entonces, seguiremos ahí: agotados, endeudados, tristes… pero por un segundo, cuando la alemana dice “me encantó Chile”, nos sentiremos invencibles. Qué triste, po. Qué jodidamente triste.
A mi, lo que más me da verguenza es leer los comentarios en donde comienzan a burlarse de los demás países vecinos, simplemente porque a un extranjero le gusta el chacarero. Verguenza ajena. No hay nada peor y picante que un chileno ignorante y patriotero.