
Washington mira hacia otro lado mientras Moscú avanza en Ucrania. Moscú, a su vez, guarda un silencio estratégico mientras Estados Unidos vuelve a tratar a América Latina como su patio trasero.
Durante décadas nos enseñaron que el orden internacional se rige por reglas, tratados, derecho internacional y organismos multilaterales, pero cada cierto tiempo, la realidad se encarga de recordarnos una verdad incómoda: el mundo no se gobierna con principios, sino con poder.
Lo ocurrido ayer en Venezuela, bombardeos estadounidenses y el secuestro de Nicolás Maduro, no es un hecho aislado ni un “exceso”, es la confirmación brutal de que las grandes potencias (EE.UU. y Rusia) siguen negociando zonas de influencia, aunque ya no firmen pactos ni se reúnan frente a cámaras.
Una tesis simple y profundamente inquietante es que Estados Unidos y Rusia se entienden, no mediante acuerdos públicos, sino a través de gestos, silencios y concesiones mutuas. Washington mira hacia otro lado mientras Moscú avanza en Ucrania. Moscú, a su vez, guarda un silencio estratégico mientras Estados Unidos vuelve a tratar a América Latina como su patio trasero. No hay actas, no hay documentos, nunca los hay. La geopolítica real no funciona con contratos notariales, sino con líneas rojas que dejan de existir.
La condescendencia de Donald Trump con Vladimir Putin contrasta obscenamente con el desprecio hacia Volodímir Zelenski. Ucrania pasó de ser “baluarte de la democracia” a estorbo incómodo y cuando una causa deja de ser útil, se abandona sin remordimientos. Rusia lo entendió así y actuó en consecuencia.
Del mismo modo, América Latina vuelve a quedar expuesta. Venezuela fue cercada, asfixiada, demonizada durante años. Hoy el cerco se rompió de la peor forma, con bombas y secuestros, sin ONU, sin consenso internacional, sin pudor, exactamente como en los viejos tiempos.
¿Casualidad que Rusia no haya reaccionado con fuerza?, ¿casualidad que el derecho internacional solo importe cuando conviene?, ¿casualidad que los pueblos siempre paguen el precio?
No estamos ante una “lucha por la democracia”, estamos ante un reparto de poder, crudo y descarnado. Ucrania y Venezuela son fichas en un tablero donde las reglas las escriben otros.
Lo verdaderamente peligroso no es que esto ocurra, es que se normalice, que volvamos a aceptar que algunos países pueden invadir, bombardear o secuestrar líderes extranjeros sin consecuencias, mientras otros son castigados por mucho menos. Hoy fue Venezuela, ayer fue Ucrania, mañana puede ser cualquiera.
La historia demuestra que cuando las potencias se reparten el mundo, los pueblos no ganan nada, solo cambian de amo y esta vez, ni siquiera se tomaron la molestia de disimularlo.