
Marcia Henríquez relató que durante una visita a un supermercado vivió una situación que, según reconoce, ya se ha convertido en algo habitual en Chile. Al intentar comprar una botella de vino, siendo adulta, le solicitaron su cédula de identidad.
Una dura reflexión sobre la protección de las niñas frente a la sexualización y la aparente contradicción de algunas normas chilenas publicó en redes sociales la doctora en Química, docente y escritora Marcia Henríquez, luego de encontrarse con un elemento que calificó como perturbador en la vitrina de un sex shop ubicado en Santiago Centro.
Henríquez, quien nos cuenta que nació en Temuco, «pero actualmente vivo en Isla de Maipo, comuna cercana a Santiago hacia la costa», relató que durante una visita a un supermercado vivió una situación que, según reconoce, ya se ha convertido en algo habitual en Chile. Al intentar comprar una botella de vino, siendo adulta, le solicitaron su cédula de identidad.
“Es ridículo, pero es la ley”, escribió.
El episodio le sirvió como punto de partida para cuestionar lo que considera una contradicción mucho más profunda. Días después, mientras caminaba por el centro de Santiago, observó un sex shop cuya vitrina exhibía un juguete sexual con la representación de un cuerpo femenino infantil.
La imagen, según relató, le provocó una fuerte reacción de rechazo. “Me causó horror porque era un trozo de cuerpo demasiado pequeño, la representación de los genitales de una niñita de unos 6 a 8 años”, señaló.
A partir de esa experiencia, la escritora formuló una pregunta incómoda: si para comprar una botella de vino un adulto debe acreditar su identidad, ¿qué ocurre con quienes adquieren objetos sexuales que representan cuerpos infantiles?
Henríquez reconoce que no toda persona que compra un determinado objeto sexual tiene necesariamente una conducta delictiva y que existe una diferencia entre conceptos como pedofilia y pederastia. Sin embargo, sostiene que el debate debería centrarse en los límites que como sociedad estamos dispuestos a establecer respecto de la sexualización y representación del cuerpo de niñas y niños.
“¿Qué límites va a correr el comprador cuando se aburra del juguetito?”, plantea en su publicación, preguntándose además si quienes adquieren este tipo de productos cuentan con los principios suficientes para no trasladar esas fantasías al mundo real.
La doctora también advierte que la protección de las infancias frente a posibles depredadores sexuales no debería convertirse en una discusión partidista. “Hay depredadores en todo el espectro, de derecha y de izquierda, religiosos, ateos, agnósticos, profesionales o vendedores ambulantes, gente con dinero y gente sin dinero”, sostiene.
Escuché estas palabras de Marcia Henríquez, doctora en Ciencias, amante de la literatura. Tan ciertas, tan justas, tan necesarias. Sepa escuchar con la madurez necesaria y crítica. La niña que hay en mi, lo agradece. https://t.co/wy54Gc8XOr https://t.co/xtP9SJmugQ
— Ni un minuto más de silencio (@yolaPaulalajavy) October 6, 2026
En ese contexto, Henríquez propone discutir incluso medidas de identificación para quienes compren productos de esta naturaleza, planteando —a modo de provocadora reflexión— la posibilidad de exigir el registro de sus datos o incluso una fotografía al momento de la adquisición.
Pero su cuestionamiento apunta especialmente a la exhibición pública de este tipo de productos. “Deberíamos exigir que se prohibiera exhibir públicamente ese tipo de juguetes. No puede ser que nos importe tan poquito vulnerar los cuerpos de las niñas”, afirma.
Su reflexión termina recurriendo a una de las frases más conocidas de Violeta Parra: “Chile limita al centro de la injusticia”. Para Henríquez, sin embargo, la escena que presenció en pleno Santiago Centro lleva esa expresión todavía más lejos. “En el corazón de Santiago Centro, Chile limita al centro de la brutalidad”, escribió.

El “premio a la inteligencia”
La reflexión de la escritora también permite poner sobre la mesa una situación que puede resultar paradójica. En Chile, un adulto puede ser requerido para acreditar su edad e identidad al comprar una botella de vino, mientras que la discusión sobre la comercialización y exhibición de determinados productos sexuales que representan cuerpos infantiles parece encontrarse en otro nivel de regulación.
Y es precisamente ahí donde aparece la ironía de Henríquez: si la normativa considera necesario controlar estrictamente la edad de una persona adulta para adquirir una botella de alcohol, cuesta no preguntarse qué lógica existe detrás de un sistema que puede resultar mucho más permisivo frente a productos que evocan o representan sexualmente a menores.
Por supuesto, ambas situaciones tienen naturalezas jurídicas completamente diferentes y no pueden equipararse sin más. Pero la comparación sirve para abrir una discusión sobre qué conductas, objetos y representaciones estamos regulando como sociedad y cuáles estamos dejando pasar frente a nuestros ojos.
Porque, en definitiva, la pregunta que queda dando vueltas después de leer la reflexión de Marcia Henríquez es tan incómoda como sencilla: ¿cómo llegamos a una situación en la que un adulto debe mostrar su carné para comprar una botella de vino, pero aparentemente puede encontrarse con la representación sexualizada del cuerpo de una niña expuesta en plena vía pública?
Ante semejante paradoja, y siguiendo el tono irónico de la autora, quizás haya que entregar el “Premio Nacional a la Inteligencia” a quienes diseñaron una normativa que parece tener perfectamente claro cuándo un adulto debe demostrar que es adulto para comprar alcohol, pero deja abierta una discusión mucho más delicada respecto de la protección de la infancia.
Una ironía, claro. Porque el verdadero asunto no es el vino. El verdadero asunto es qué clase de límites estamos dispuestos a poner cuando hablamos de niñas y niños.

Publican pura basura mujer payasa