
Este 16 de octubre se conmemora en Chile el Día del Profesor, una fecha que debería servir para reconocer a quienes ejercen una de las labores más importantes de cualquier sociedad: educar a sus nuevas generaciones.
Pero hay que plantear una pregunta incómoda: ¿cuánto valoramos realmente a nuestros profesores? Porque una cosa es llenar las redes sociales de saludos, publicar fotografías de profesores abrazando a sus alumnos y repetir aquello de que «la educación es el futuro de Chile». Otra muy distinta es demostrarlo en la práctica. En Chile hemos ido exactamente en la dirección contraria.
La profesión docente ha sido progresivamente desvalorizada. Se ha deteriorado el respeto por quienes ejercen frente a una sala de clases, se cuestiona permanentemente su autoridad y se les exige cada vez más, mientras socialmente se les reconoce cada vez menos.
Y aquí aparece una paradoja que debiera avergonzarnos como sociedad. En Chile somos capaces de convertir a un futbolista en un ídolo nacional, pagar cifras millonarias por sus servicios y seguir cada detalle de su vida, pero muchas veces somos incapaces de otorgarle el mismo respeto a quien lleva 30 años formando generaciones de chilenos.
Sin tener absolutamente nada contra los futbolistas. El fútbol es parte de nuestra cultura y quienes se dedican profesionalmente a él merecen recibir una remuneración acorde con su trabajo, pero resulta inevitable preguntarse por qué nuestra sociedad está dispuesta a entregar tanto prestigio, dinero y reconocimiento a quienes nos entretienen y tan poco a quienes nos enseñan.

Una profesión que incomoda
La profesión de profesor ha sido históricamente una de las profesiones más despreciadas por buena parte de la élite chilena. Y no solamente se ha conseguido desvalorizar al profesor desde arriba: también se ha conseguido algo todavía más preocupante, que una parte de la propia población termine mirando con desprecio una profesión que debería respetar.
¿Cómo ocurrió esto? tiene mucho que ver con el tipo de sociedad que hemos construido. Una sociedad educada es una sociedad que pregunta. Una sociedad que lee es una sociedad que compara. Una sociedad que conoce su historia es una sociedad que puede cuestionar su presente. Y una sociedad que desarrolla pensamiento crítico es mucho más difícil de manipular. Por eso la educación nunca ha sido una cuestión neutra. El conocimiento entrega poder y una población educada tiene herramientas para cuestionar al poder.
Una persona que comprende sus derechos, que conoce la historia de su país, que puede analizar un discurso político, distinguir una mentira de un argumento, cuestionar una decisión económica o preguntarse por qué existen determinadas desigualdades, difícilmente será una persona completamente dócil.
Y ahí es donde aparece el verdadero problema. Una derecha que desconfía de la educación, la cultura y el pensamiento crítico. Debemos decir las cosas por su nombre. Históricamente, la derecha chilena ha mostrado una relación particularmente incómoda con la educación pública, la cultura, las artes y determinados espacios de pensamiento crítico. Y bajo el actual Gobierno de extrema derecha esta discusión vuelve a adquirir especial relevancia.
Cuando la educación, la investigación, la cultura y las artes son observadas principalmente como un gasto que debe justificarse en términos de rentabilidad inmediata, estamos frente a una determinada concepción de sociedad.
Un profesor no necesariamente genera una rentabilidad económica inmediata. Un investigador puede pasar años trabajando en algo cuyo resultado todavía no conocemos. Un artista puede crear una obra que no produzca ningún peso. Un historiador puede dedicar su vida a investigar acontecimientos que ocurrieron hace 100 años y ¿significa eso que todo aquello carece de valor? Por supuesto que no.
Una sociedad no se construye solamente con carreteras, inversiones, empresas, cifras de crecimiento y balances económicos. También se construye con conocimiento, cultura, memoria, pensamiento y educación y precisamente por eso preocupa que quienes gobiernan puedan mirar estas áreas como secundarias.

El peligro de una sociedad ignorante
Hay algo que todavía más grave. Una sociedad ignorante es una sociedad mucho más fácil de manipular y no hablamos solamente de saber matemáticas, historia o lenguaje. Hablamos de tener las herramientas intelectuales necesarias para cuestionar aquello que nos dicen. Una persona que no lee, que no conoce su historia, que no tiene acceso a la cultura y que recibe toda su información a través de titulares, redes sociales y contenidos diseñados para provocar emociones, es mucho más vulnerable a la manipulación y eso beneficia al poder. Por eso el profesor resulta tan importante, porque un buen profesor no solamente enseña una materia, enseña a pensar, enseña a preguntar por qué, enseña a no aceptar una respuesta simplemente porque alguien con autoridad la pronunció, enseña que existen distintas perspectivas, enseña a argumentar, enseña a dudar y quizás esa sea precisamente una de las razones por las cuales la educación debería ser una prioridad absoluta para cualquier sociedad que pretenda llamarse democrática.
El profesor merece mucho más que un saludo. Por eso, este 16 de octubre no nos quedemos solamente con el tradicional «feliz Día del Profesor». Por eso, mientras algunos celebran el Día del Profesor con un saludo en Facebook o Instagram, quizás deberíamos hacer algo bastante más revolucionario, volver a respetar a quienes nos enseñan a pensar, porque un país que desprecia a sus profesores, termina despreciando el conocimiento y un país que desprecia el conocimiento, termina entregándole demasiado poder a quienes hablan más fuerte.
Feliz Día del Profesor a todos quienes todavía tienen la valentía de entrar a una sala de clases para enseñar algo que ninguna élite, ningún gobierno y ningún poder debería temer: a pensar por nosotros mismos.

Director y periodista de ElPeriódico.cl