Estados Unidos y su curiosa democracia: Coca-Cola o Pepsi, pero siempre el mismo negocio

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En términos sencillos, la política estadounidense funciona bajo la lógica del mercado corporativo. Se trata de elegir entre Coca-Cola y Pepsi. El empaque, la publicidad y el color pueden variar, pero los ingredientes principales son exactamente los mismos.

Este 3 de noviembre, millones de ciudadanos acuden a las urnas en Estados Unidos para definir las elecciones de medio término (midterms). En juego está el control de las dos cámaras del Congreso federal: la totalidad de la Cámara de Representantes (435 escaños) y un tercio del Senado (35 escaños), además de varias gobernaciones y alcaldías a lo largo del país.  

Para la gran prensa internacional, este hito se vende como la «máxima fiesta de la democracia», sin embargo, tras la parafernalia de la cobertura en vivo y las proyecciones electorales, la estructura real del poder estadounidense esconde una profunda contradicción sobre lo que verdaderamente significa tener una democracia representativa.

Dos marcas, el mismo producto

A los ciudadanos estadounidenses y al público global se les ha enseñado a entender la política bajo un eje binario: los Republicanos, catalogados como la «derecha conservadora», y los Demócratas, presentados hábilmente como el ala «progresista» o de incluso «izquierda».

En la práctica cotidiana y en las decisiones estructurales del Estado, esta dicotomía es simplemente una ilusión de elección que una diferencia real. La política exterior imperialista, las guerras de agresión, la desregulación corporativa, el gasto militar astronómico y las bases del sistema neoliberal son consensos intocables para ambas cúpulas partidarias.

La contienda se reduce a disputas culturales o de forma, mientras que el modelo económico y geopolítico de fondo permanece inalterado.

En términos sencillos, la política estadounidense funciona bajo la lógica del mercado corporativo. Se trata de elegir entre Coca-Cola y Pepsi. El empaque, la publicidad y el color pueden variar, pero los ingredientes principales son exactamente los mismos.

El reflejo chileno

Esta «receta norteamericana» de una falsa alternancia no es ajena al contexto latinoamericano; de hecho, fue copiada de forma casi idéntica en Chile tras el retorno a la “democracia”.

Durante décadas, el sistema político chileno administró la llamada alternancia en el poder mediante una coreografía similar entre la exConcertación y la derecha tradicional sin máscara. Ambos bloques compitieron rígidamente por la administración del Estado, manteniendo al mismo tiempo intactas las columnas vertebrales del modelo socioeconómico privatizador y de derecha.

Posteriormente, con la irrupción de nuevas fuerzas como el Frente Amplio, se prometió una ruptura estructural con los consensos tradicionales. Sin embargo, la dinámica del poder terminó absorbiendo cualquier proyecto transformador, demostrando que, al igual que en Washington, las cúpulas políticas terminan gobernando bajo el marco de contención que el propio modelo les impone. Es más, el Gobierno de Gabriel Boric, del Frente Amplio, terminó siendo uno de los gobiernos más de derecha que ha tenido Chile después de Pinochet. En el fondo cambian los rostros y las coaliciones de turno, pero las dinámicas estructurales persisten sin máscara.

Una democracia de fachada

En Estados Unidos, el sistema electoral de «first-past-the-post» (el ganador se lo lleva todo en cada distrito) anula de forma sistemática la viabilidad de terceros partidos o alternativas antisistema.

Sumado al lobby corporativo descontrolado y al financiamiento multimillonario de las campañas, la contienda electoral no mide propuestas de cambio, sino la efectividad del gasto publicitario para encausar la frustración de la población hacia una u otra ala del mismo establecimiento.

Mientras los titulares de hoy analicen si la Cámara o el Senado «se vuelven azules» o «se quedan rojos», la realidad es que el engranaje del poder en Estados Unidos seguirá intacto. La verdadera lección de esta jornada electoral es recordar que alternar administradores dentro de un mismo modelo no equivale a una verdadera democracia.

Un dato que ayuda a comprender hasta qué punto la política estadounidense está dominada por este bipartidismo es que, desde mediados del Siglo XIX, prácticamente todos los presidentes han pertenecido al Partido Demócrata o al Republicano.

Si retrocedemos en la historia encontramos algunas excepciones, como Millard Fillmore, del Partido Whig; Abraham Lincoln, quien llegó inicialmente a la Presidencia como candidato del Partido Republicano, que en aquel entonces era una fuerza nueva y distinta del actual panorama político; y otros mandatarios vinculados a organizaciones políticas que desaparecieron o perdieron relevancia.

También hubo candidaturas independientes, pero ninguna logró romper el predominio de las dos grandes colectividades en tiempos modernos. Es decir, aunque Estados Unidos se presenta como una democracia abierta a la competencia política, su sistema electoral y sus estructuras de poder han terminado consolidando un duopolio partidista que hace extraordinariamente difícil que una tercera fuerza pueda llegar a la Casa Blanca y disputar realmente el gobierno del país. Así y todo se hacen llamar un país democrático… el chiste se cuenta solo, al igual que en Chile.

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