
Reconocido folclorista y periodista entregó un diagnóstico crítico a la gestión artística en La Araucanía.
Una profunda y crítica mirada sobre el presente de la actividad artística y la conservación patrimonial en Temuco entregó el reconocido folclorista y periodista local, René Inostroza. Quien fuera encargado del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio en la Región durante la primera administración de Michelle Bachelet, realizó un crudo diagnóstico de los últimos años, apuntando a una desconexión institucional de las autoridades respecto a la identidad musical y folclórica de la zona.
— ¿Cómo ves la realidad cultural del Temuco actual? ¿Crees que está en decadencia?
— Temuco ha cambiado lamentablemente. Hoy existen muchos lugares donde ir a comer, pero no hay música. Antes, la vida social de la comuna se concentraba en las peñas, en la época de Carmen Catalán, e incluso antes de mi llegada como cantor. Después estuvo Tito Fernández y se levantaron movimientos musicales que pesaron muy fuerte en nuestro país. Yo vengo a ser como el último bastión, ya que no he visto que aparezca un relevo similar, salvo en el género ranchero. Ahora uno levanta una piedra y salen rancheros, lo que demuestra que la creatividad es poca. Están los Charros de Lumaco, que impusieron esta forma de hacer música y terminaron anulando a todos los demás.
Respecto a otros géneros, si uno desea escuchar música clásica, popular o romántica, las opciones se reducen a dos: ir al Teatro Municipal o al Casino Dreams, que también trae artistas. No veo en las autoridades un interés real por levantar políticas culturales que apoyen el teatro, la pintura plástica o la música. Eso es lo que me molesta de la política y lo digo de frente: cuando se designa a alguien en Cultura, no importa si sabe o no, o si distingue un caballo de un avestruz; lo único que importa es el cupo del partido político.
— ¿Y cómo es tu relación con el municipio de Temuco?
— Al alcalde de Temuco, Roberto Neira, lo considero un tipazo y tengo una muy buena opinión de él. Tiene su carácter, pero es un hombre de buen alma. Durante su primer período me llamó porque quería organizar un festival masivo, similar al Festival Nacional de Folklore de Cosquín, en Argentina. Cuando le pregunté si sabía cuánto costaba un evento de esa magnitud, me reconoció que no y que por eso me contactaba.
Diseñamos el proyecto inmediatamente y luego me invitó a una reunión con sus asesores. En esa instancia les advertí que un festival de tales características costaría cerca de un millón de dólares. Quedamos de acuerdo en trabajar en ello, pero han pasado los años y no se ha concretado nada. Los municipios tienen recursos y, si no los tienen, pueden postular a proyectos del Gobierno Regional. El problema es que, más allá del municipio, en el Estado en general no veo un trabajo potente con el patrimonio social ligado a la música. No existe una labor real en regiones para el rescate y la valoración de la cultura identitaria.

— ¿No adviertes un apoyo del Estado en el área cultural de las regiones?
— Institucionalmente, no. Echo de menos que se fijen condiciones mínimas. Por ejemplo, cuando se realizan ferias campesinas financiadas por el Gobierno Regional, se debería exigir la difusión de música de campo chilena. Si quieren incluir rancheras, que lo hagan, pero que no representen la mayoría de la parrilla. Yo he estado en Argentina y ahí esto opera así: en sus eventos se presentan nueve artistas nacionales y el décimo soy yo u otro artista extranjero o de otro estilo. Eso falta aquí.
— ¿Existe presencia de creadores locales en la zona, tal como ocurría antiguamente?
— Sí, veo presencia de artistas locales. Hay cantores y solistas que se preocupan de tener buenas guitarras, una excelente presentación y grandes voces. Están el Conjunto Folclórico Aliwén, el Conjunto Folclórico Rayenco, el Grupo Madrigal de Pucón y las agrupaciones de Angol, como el Conjunto Folclórico Altué y el Conjunto Folclórico Maitén. También destacan el Conjunto Folclórico Duhatao de Lautaro y Las Pitucas en Temuco. Todos ellos son muy buenos, pero no están visibilizados y, cuando los invitan a participar, lo hacen en las peores condiciones, afectando su dignidad.
— ¿Has vivido dificultades de ese tipo en primera persona?
— Una vez fui invitado a cantar y se puso a llover. Instalaron una carpa, pero el camarín era un barrial. El público estaba protegido, pero el espacio para los artistas era una sola carpa compartida; ahí mismo servían el café y no había ni intimidad para que las damas se cambiaran de ropa. Esa no es una falla directa del alcalde, sino del personal que está a cargo de la producción.
Falta análisis sobre el legado que dejaremos a las próximas generaciones. He estado en los museos de la música en Bélgica y en el Musée de la Musique de París, ubicado en la Philharmonie, donde se resguarda la historia de la guitarra. En mi colección privada poseo guitarras patrimoniales del siglo 19, acordeones y armónicas de gran valor económico e histórico, pero no me atrevo a exponerlas, porque no me entregan ninguna garantía de seguridad. Los artistas locales han hecho un aporte tremendo de manera independiente, saliendo a cantar casi en la orfandad. A lo largo de distintas épocas, figuras como Carmen Catalán, Tito Fernández, Rayén de Zúñiga o Juan Ulloa y su arpa se han encargado de posicionar el nombre de Temuco en el mapa.
— Entonces, el problema no radica en el capital artístico…
— No. El tema de fondo es cómo el Estado administra la cultura, volcándose casi exclusivamente a la entrega de espectáculos masivos. A las autoridades les mueve la convocatoria y es lo primero que te preguntan: ¿a cuántas personas va a favorecer el proyecto o cuánta gente asistirá a verlo?
— Bajo esa lógica, ¿cuál debería ser el rol del Teatro Municipal de Temuco?
— Le sugerí formalmente al alcalde Roberto Neira transformar el espacio en un teatro regional. De esta manera, si el recinto trae a Temuco una ópera como La traviata, de Giuseppe Verdi, la producción también podría presentarse en comunas como Curarrehue o Lonquimay. Financiar un despliegue de ese nivel es costoso, pero si todas las municipalidades de la zona aportan bajo la figura de un teatro regional, los habitantes de las diversas comunas tendrían acceso a espectáculos de primer nivel.
— ¿Existe algún modelo similar implementado en el país?
— Conozco de cerca el caso del Teatro de Talca. Antiguamente ese lugar era una pocilga; me tocó actuar ahí y parte de las plateas tenían piso de tierra. Sin embargo, levantaron un proyecto en conjunto con el Gobierno Regional y recursos de la Presidencia de la República, construyendo un espacio de lujo que pasó a ser un teatro regional. Hoy es un recinto de primer nivel. Si el alcalde Roberto Neira concreta esta transformación en Temuco, se anotará un tremendo poroto.
En la gestión pública, el líder sabe lo que hay que hacer, pero el experto sabe cómo se hace; por ahí va la cosa en cultura. En el área deportiva, esto lo demostró Francisco Huenchumilla. Cuando Harold Mayne-Nicholls, entonces presidente de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP), le planteó la posibilidad de construir el Estadio Bicentenario en Temuco, Huenchumilla aceptó de inmediato, gestionó un crédito con el banco que llevaba la cuenta municipal y obtuvo los recursos. Convocó a personalidades del arte y del deporte para levantar el proyecto, y posteriormente un alcalde de otra coalición política (Miguel Becker) continuó potenciando el recinto con espectáculos y eventos deportivos. Así se debe construir la cultura, con ese nivel de visión transversal.
— ¿Cómo proyectas el futuro de la cultura y el espectáculo ante el avance de liderazgos políticos de derecha radical, como el de José Antonio Kast?
— Respecto a ese escenario, también tengo una postura clara. A los artistas del folclor nos fue muy bien en una época gobernada por sectores afines. Yo soy un producto de las peñas, espacios que funcionaban en un contexto complejo, donde incluso nos vinculaban con las fuerzas militares. Nosotros somos hijos del rigor; si nos toca realizar actividades de manera clandestina, lo haremos, porque siempre vamos a estar ahí presentes. Fíjate que muchos artistas y nuevas generaciones crecieron con fuerza durante la dictadura.
Por otra parte, los creadores más antiguos salieron a la luz pública gracias a las políticas que instauró en su momento Salvador Allende, quien -por ejemplo- facilitó descuentos en los pasajes de trenes para que los músicos recorrieran las provincias difundiendo su arte. La idea era fomentar el canto para todos. Por eso, aunque figuras políticas actuales se autodefinan como patriotas orientados hacia un solo sector, yo no les tengo miedo. A estas alturas de mi carrera, ¿qué más me podría pasar?