«Viña 2026: ¿Gaviota de plata o cortina de humo?»

El Festival de Viña del Mar está en pleno desarrollo durante estos días de febrero de 2026, con su gala inaugural atrayendo millones de espectadores y dominando las conversaciones en redes y medios.

Como cada año, la Quinta Vergara se transforma en el epicentro de un espectáculo masivo que combina música internacional, humor, competencia y, por supuesto, el legendario «monstruo» del público.

Sin embargo, en medio de las luces, las gaviotas de plata y platino, y los ratings estratosféricos, vale la pena detenerse a reflexionar sobre un concepto tan antiguo como vigente: el pan y circo.

La expresión proviene de la Roma imperial, donde los emperadores ofrecían grano gratuito (pan) y espectáculos grandiosos en el Coliseo (circo) para calmar a las masas, desviar la atención de la corrupción, las desigualdades y los fracasos del gobierno. En el Chile contemporáneo, el mecanismo opera con variantes locales muy efectivas.

El Festival de Viña es el circo por excelencia, un evento que paraliza al país durante una semana, genera euforia colectiva, memes interminables y debates estériles sobre quién ganó o perdió, quién fue abucheado o aplaudido. Mientras tanto, los problemas estructurales, como la precariedad económica persistente, el estancamiento en reformas profundas, la desconfianza en las autoridades, la corrupción en las instituciones, quedan en segundo plano.

La indignación se canaliza hacia un mal chiste de un comediante o una nota desafinada, en vez de hacia las cifras de pobreza, el costo de la vida o la calidad de la educación y la salud pública.

Pero Viña no es la única herramienta. El fútbol chileno cumple una función similar. Las clasificatorias, los clásicos universitarios o la selección nacional activan pasiones tribales que, por unas horas, unen (o dividen) al país en torno a la pelotita.

Cuando la «Roja» juega, las calles se vacían y las conversaciones giran en torno al once titular, no al desempleo o al sistema previsional o la corrupción que ya se tomó todas las instituciones del país.

Más sutil y perturbador aún es el uso de las tragedias como espectáculo. Chile tiene una dolorosa familiaridad con catástrofes naturales y sociales, como terremotos, incendios forestales masivos, aluviones, accidentes mineros o aéreos. En lugar de convertirse en momentos de reflexión colectiva y exigencia de responsabilidades políticas, muchas veces se transforman en verdaderos reality shows mediáticos. Coberturas interminables con drones, testimonios lacrimógenos en vivo, expertos improvisados y hasta miniseries posteriores. El dolor se convierte en rating, la empatía en consumo y la memoria en olvido acelerado. La tragedia pasa de ser un llamado a cambiar estructuras a convertirse en otro capítulo de entretenimiento nacional y obvio, negocio para los grandes empresarios. Recordemos que -por ejemplo- en época de incendios, suben como la espuma los precios de los materiales de construcción y las herramientas. Luego, los mismos empresarios organizan por los medios de comunicación campañas para que la gente de a pie acuda a sus negocios, compre sus productos y los done a los damnificados. Negocio redondo.

Esta dinámica no es necesariamente conspirativa; no requiere un gran plan orquestado desde arriba. Basta con que los incentivos estén alineados: los canales compiten por audiencia, las redes sociales premian lo viral y lo emocional, los gobiernos ganan oxígeno cuando la ira ciudadana se diluye en distracciones. El resultado es el mismo, una ciudadanía que consume espectáculo en vez de ejercer control democrático sostenido.

No se trata de demonizar el entretenimiento. La música, el deporte y el humor son expresiones humanas valiosas; en muchos casos, necesarias para sobrellevar el peso de la realidad. El problema surge cuando estos elementos se convierten en el principal, y a veces único canal de conexión colectiva, desplazando el debate sobre lo esencial.

Mientras la Quinta Vergara brilla esta semana, sería saludable preguntarnos ¿qué temas de fondo estamos dejando de lado por estar pendientes de la próxima víctima del monstruo o del peak de sintonía? ¿Cuánto pan necesitamos realmente para que el circo siga funcionando?

Porque en una democracia madura, el pueblo merece mucho más que migajas y aplausos prestados. Merece pan de verdad, dignidad económica, derechos garantizados, justicia social y un debate público que no dependa de si alguien se llevó la gaviota o fue pasto del monstruo.

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